Daniel David Palmer está reconocido como el creador de la quiropraxia. Palmer trató a sus primeros pacientes con pases magnéticos y más tarde amplió su repertorio con las técnicas osteopáticas de Still.

Por su experiencia en el campo, Palmer entendía que la enfermedad es solo una alteración funcional. El cuerpo, al no poder adaptarse, produce contracciones musculares y tensión, que provoca el desplazamiento de las vértebras.

Las diferencias más importantes, respecto a la osteopatía, son las sencillas técnicas basadas en presiones directas sobre las primeras vértebras cervicales; y la teoría elemental que considera la subluxación vertebral como única responsable de todas las enfermedades.

Tras su muerte, su hijo B. J. Palmer recogió el testigo y fue el protagonista del ascenso de la quiropraxia gracias a la inversión en publicidad, consiguiendo la creación de más de 50 escuelas y 45.000 profesionales.

Según la quiropraxia, el cerebro es una dinamo, los órganos y las glándulas son motores y los nervios son hilos conductores. La compresión del conductor por una vértebra desplazada provoca una alteración en el motor, pero con el reajuste se obtiene la curación.

Según Carlos Caballé en el prólogo del libro Manipulaciones, columna vertebral y extremidades de R. Maigne, la quiropraxia no puede concebirse más que como una caricatura de la osteopatía, “representando una pseudo escuela paramédica que pretende curarlo todo por medio de una sencillas maniobras”.